Mis familiares hacían lo posible por visitarme, pero la distancia y las obligaciones cotidianas impedían que pudieran estar presentes con frecuencia. Mis hijos vivían en otra ciudad y mis amigos debían cumplir con sus responsabilidades laborales y personales. Aunque entendía perfectamente la situación, no podía evitar sentir que, cuando llegaba la noche, el silencio se hacía mucho más intenso.
Sin darme cuenta, empecé a esperar ese momento del día. Después de las revisiones médicas y de que el hospital recuperara la calma habitual de la madrugada, me encontraba atento a su llegada. Aquellas conversaciones se transformaron en un espacio de alivio emocional que me ayudaba a sobrellevar la incertidumbre propia de cualquier tratamiento prolongado.